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Pornografía Olímpica

No me gusta el deporte. Miento, no me gusta el deporte competitivo. O, más concreto aún, no me interesa la exhibición del deporte competitivo y todo lo que le rodea. Decir esto en días de olimpiadas es negar la mayor. Pero así lo siento. A estas altura, no me he molestado en consumir ni treinta segundos de televisión olímpica, en parte por el empacho eurocopístico vivido en España recientemente. La culpa de mi falta de interés no la achaco a los deportistas, faltaría más, ni a los impecables realizadores de televisión. El tinglado olímpico en sí es el que me produce animadversión que se transforma en apatía, además de esa infantiloide competencia entre países tan burdamente promovida por cierto tipo de periodismo.

A lo que vamos. (Casi) ninguna retransmisión o filmación deportiva ha logrado trascender en el tiempo. Sí algunas proezas concretas: una carrera, un salto, un gol. Lo han hecho por el mérito en sí del atleta, del deportista, pero no se recuerda la habilidad especial de los cámaras, de los realizadores (aunque, sin duda, estaban allí).

Hay una excepción. Y, en este caso, lo que casi no se recuerda, es el nombre de los deportistas (Jesse Owens aparte). Me refiero a «Olympia» un clásico del cine documental realizado por la berlinesa Leni Riefenstahl en 1938.

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 Hoy día, las cámaras HD, situadas en lugares estudiados concienzudamente por

los realizadores permiten a los espectadores descomponer la competición desde múltiples ángulos; las repeticiones a cámara superlenta facilitan la contemplación pornográfica tanto de muecas en el rostro, músculos en tensión extrema y venas enardecidas, como de la voluptuosidad de un borbotón de fluídos, fundamentalmente, escupitajos y sudores, emanados del sufrimiento en pos de una medalla. Sin embargo, es difícil encontrar emoción después del directo.

Por ello, a pesar de todo este aparataje audiovisual, ¿quién sería capaz de volver a consumir un par de horas de retransmisión televisiva olímpica del 2012, por ejemplo, en 2014? Ni los dioses del Olimpo.

Entonces, ¿por qué setenta y cuatro años después miles de cinéfilos de todo el mundo siguen rindiendo culto a la «Olympia» de Riefenstahl, un documental en blanco y negro, mudo (con música), y que suma casi cuatro horas en sus dos partes?

Porque hay un punto de vista, una intención. Decía Leni Riefenstahl,

Me daba perfecta cuenta de que debía ver los Juegos desde otra perspectiva que la tópica, para captar no solamente las pruebas, sino también el espíritu y la forma.

«Olympia» fue realizada al servicio de Hitler y los nazis, pero independientemente de lo execrable de esta pleitesía, se puede analizar como un trabajo de planificación, filmación y, sobre todo, montaje, que lo diferencia extraordinariamente de una realización televisiva y le otorga su valor a través del tiempo.

No es «Olympia» la única película documental olímpica. Durante muchos años (ignoro si se hace todavía) se ha realizado la película oficial de cada olimpiada. En la red podéis encontrar un interesantísimo estudio de Joan-Gabriel Tharrats titulado «Los documentales de la Olimpíadas», y luego buscar algunos de estos trabajos en Youtube.

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No quiero minusvalorar el trabajo de los equipos de televisión que cumplen su objetivo con toda profesionalidad y responden a la lógica del directo. En la televisión pornográfica deportiva actual es necesario el inserto, el plano detalle, la cámara lenta, la repetición hasta la extenuación. En los buenos documentales (olímpicos o no) lo importante es el punto de vista; es lo que los hace inmortales, como las marcas de los mejores atletas.

Hasta la próxima,

 

 

 

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